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Gipuzkoa 1936
De los frentes de combate
Ruta a Bilbao: Orio
Huelgan los remos mustios, sobre babor en las traineras quietas

Una lluvia ligera, enturbia la tarde, camino de Orio.

LA VOZ DE ESPAÑA, nacida bajo el fuego y el agua, cara a la guerra, quiere ir a los frentes cada hora para llevar a ellos el aliento de nuestra impaciencia y traerse frescas, con olor a pólvora y alegría de himnos, noticias para quienes esperan en la ciudad también impacientes.

Cada día tiene su afán. Ayer fuimos a Mendizorrotz, hoy ponemos proa a Bilbao.

En la primera revuelta de Irubide, calvario de amigos nuestros, asesinados bajo noche cerrada sobre el mismo cesped que pisamos, cubierto de rocío y de verdores, rezamos. Nadie pensará a la vista de aquel paisaje de égloga, con manzanas coloradas, y olor a heno recién segado, el dolor del recuerdo. Sin embargo allí, ante nosotros cayeron nuestros hermanos, víctimas de la barbarie marxista, días antes, horas solo quizás, del paso firme y decidido de los valientes soldaditos españoles.

Quedan ya atrás, Oriamendi y Santa Bárbara, Buruntza y Andatza, con sus recuerdos de viejas estampas del romanticismo realistas, ese romanticismo, lo repito una vez más, que ahora ha salvado a España.

Después Usúrbil, con su viejo palacio, su yedra trepadora en los muros, y su plaza gozosa. Y tras Usúrbil, Aguinaga, donde encontramos los primeros evadidos de Orio, que nos rodean y asedian.

Todos muestran, con las huellas del cansancio por la jornada penosa de la huída, el dolor ante el dramatismo de la sacudida marxista en la villa marinera. Allí queda el pueblecito costero, con las señales sangrantes del bárbaro saqueo. Nada respetaron los rojos. Todo sufrió el azote del pillaje. Incluso los enseres del hogar y los animales de labor, merecieron la rapiña cruel. Los edificios casi en ruinas, por la explosión brutral de las veintisiete cajas de dinamita con que volaron el puente, presetnan un aspecto desolador.

Nos cuentan escenas que tiñen de carmín las aguas verdes de la mansa ría. Si se negaban a ir con ellos, los subían en camionetas y así, como bestias, los transportaban.

Ciento cuarenta niños de la colonia escolar de Zaragoza, pobres niños de pobres familias, fueron sacados de la cama a las dos de la madrugada del martes, y obligados entre blasfemias y amenazas, casi desnudos, a bajar a la carretera, desde donde los trasladaron, con frío de cuerpo y alma, entre terror de noche triste y pupilas rendidas de sueño, a Vergara.

Cuentan y no acaban.

La graciosa villa marinera, yace en silencio sepulcral en esta tarde apacible de Septiembre, con su puente partido en dos como estéril protesta contra la barbarie humana.

Ahora nos habla Eustaquio Echeaga, viejo remero, cuyas manos encallecidas de haber domado el timón sobre las crestas blancas de las olas de galerna cantábrica, nos muestran los remos mustios sobre el babor de las quietas traineras. Hay algo de nostalgia en su rostro, que contagia los nuestros. Piensa sin duda en los que se fueron a la fuerza, y quizás por fuerza no vuelvan. Era en estos días precisamente, cuando tiempo atrás, con velas de ilusión en las naos, cruzaban raudos el azul de nuestra Concha, en regata, empeñada por la codiciada bandera.

Hoy son banderas rojas las que portan y las que anhelan. Signo de sangre, en lucha fratricida.

El cura de Orio, disimulando en traje de mar, su condición, pasó escondido las últimas jornadas de terror. No es para contado lo ocurrido, nos dice con amargura...

Irún y Orio, la frontera y elmar han sentido juntos la protección “nazi” igual que la hubiesen sentido San Sebastián si los cuarenta Requetés de Artajona, solo fueron cuarenta, no se adelantaran a evitar con su pecho valiente el bárbaro atentado contra la Bella Easo. Irún, escombros hoy, por un fuego que aún no se ha apagado porque aún no se ha castigado a los culpables, en su agonía ha visto otra manera de destrucción. Orio allí a lo lejos, camino de Bilbao ha sido desolado más cruelmente que Behobia y Fuenterrabía. El viejo patrón Acheaga fué requerido por los rojos tras la voladura del puente, para transportar a la otra orilla, en su barca amiga, unas armas que olvidaron en la precipitada fuga. Se negó en firme, arrostrando la muerte. La barca tuvo que atravesar la ría, pero fueron otras manos, no las suyas que la acariciaron tantas veces, quienes la hicieron bogar. Aún tuvo que contemplar, como un refinamiento cruel, su barca, la “María del Carmen”, a merced de las olas, en busca quizá del mar donde ocultar sola, tras el duro encuentro con el acantilado, el sonrojo de una complicidad vergonzosa.

El gesto valiente del marinero, de saber resistir frente a la muerte, nos da alientos para seguir luchando, y confianza para seguir venciendo.

De regreos, nuestros ojos se abren de par en par, para fijarse bien y no olvidar la ceremonia sencilla de colocar como dosel de un blanco caserío, la bandera roja de sangre hermana que cruza el río jalde de la sidra de los manzanos.

En tanto, bajo la noche obscura, las hogueras esparcidas por las montañas, brillan, cohetes de esperanza en la noche, señalando el jalón postrero del avance.

JULIO MUÑOZ R. DE AGUILAR

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